“Woke”, que en inglés es el pasado de wake (despertar), no se utiliza hoy en su sentido literal. El término se transformó en un modismo político y cultural que va mucho más allá de un simple verbo.
Su origen se encuentra en la comunidad afroamericana de Estados Unidos, donde “estar despierto” significaba estar alerta frente a la injusticia racial. El escritor William Melvin Kelley lo utilizó por primera vez en 1962 en un artículo del New York Times titulado “If You’re Woke You Dig It” o «Si estás despierto, lo entiendes».
El término resurgió durante las protestas de Black Lives Matter, resurgió en redes sociales con el hashtag #StayWoke, vinculado a la brutalidad policiaca contra personas afrodescendientes.
A partir de ese momento, la palabra se expandió más allá de su contexto original y comenzó a reapropiarse en otras luchas: los derechos de las mujeres, de la comunidad LGBT+, el ambientalismo, entre otros.
En 2017, el diccionario Oxford redefinió “woke” como “estar consciente de temas sociales y políticos importantes, en especial el racismo”.
Con esa redefinición, lo que nació como un llamado a la conciencia social se convirtió también en un punto de enfrentamiento político, que incluso las esferas de la política como los Demócratas se apropiaron.
Para los movimientos progresistas, ser woke es cuestionar estructuras de poder y visibilizar desigualdades. Pero para el conservadurismo, el término pasó a usarse como sinónimo de exceso, radicalismo o incluso censura.
El diccionario Merriam-Webster apunta que, en ese sentido, muchas veces se utiliza de manera peyorativa para criticar a los liberales o progresistas. “Especialmente de una manera que se considera irrazonable o extrema”, agrega.
La discusión se agudizó con el concepto de “cultura de la cancelación”. Para algunos, es una herramienta de boicot contra figuras que reproducen actitudes racistas, sexistas u homofóbicas. En el 2020, el actual presidente conservador, Donald Trump, llegó a definir la cultura de la cancelación como “la forma misma de totalitarismo”.
Para otros, según un columnista del New York Post, es una práctica que atenta contra la libertad de expresión y convierte a los “woke” en “guerreros culturales” que ponen en riesgo las tradiciones de Estados Unidos.
En este debate, Donald Trump encontró un terreno fértil para posicionarse. Desde su primera campaña presidencial convirtió el rechazo al wokismo en una bandera política.
En un discurso ante el Congreso presumió haber eliminado normas de inclusión y diversidad, defendió el reconocimiento de solo dos géneros y limitó los derechos de las personas trans.
Desde campaña presidencia hacia su segundo mandato, reforzó esta postura con órdenes ejecutivas que prohíben a mujeres trans competir en deportes de mujeres biológicas y que impiden reconocer legalmente identidades no binarias.
Su oposición también alcanzó otros temas: restricciones al aborto, recortes a programas de salud reproductiva, ataques contra activistas climáticos como Greta Thunberg y la censura de libros considerados parte de una “agenda ideológica” sobre raza o género.
Sus amenazas de sanciones contra lo que considera «woke» llegó hasta el deporte. En fechas recientes, el presidente estadunidense amenazó con frenar los planes de los Washington Commanders de construir un nuevo estadio en D.C. si el equipo no volvía al apodo de los Redskins.
Trump presionó también a los Guardians, quienes antes se llamaban los Indios de Cleveland. Cabe recordar que ambos equipos cambiaron su nombre debido a que se consideró como insultos raciales hacia los nativos americanos.
Esta semana, Trump volvió a retomar su agenda «antiwoke» y arremetió en su red social Truth Social contra el museo Smithsonian, a quien acusó de ser “el último bastión woke” por enfocarse demasiado en la esclavitud y en lo negativo de la historia del país.
“Woke is broke”, escribió, haciendo un juego de palabras en inglés para afirmar que lo “despierto” está acabado.
Con información de la BBC











