En los últimos años ha comenzado a escucharse con más fuerza un término que para muchos resulta nuevo: violencia vicaria. Aunque puede sonar técnico, en realidad se trata de una forma de violencia muy real y dolorosa, que afecta a familias en nuestro país y que, poco a poco, empieza a ser reconocida por las leyes.
La violencia vicaria ocurre cuando una persona, generalmente en el contexto de una separación o conflicto de pareja, busca dañar a la mujer a través de sus seres queridos, especialmente de sus hijos e hijas. En otras palabras, no se trata de un ataque directo, sino de un daño indirecto: manipular a los niños, impedir la convivencia con la madre, alejarlos de ella, o incluso usarlos como medio de presión para ejercer control.
Aunque en los casos más graves se han registrado agresiones físicas hacia los menores, la violencia vicaria también se manifiesta de formas más cotidianas, como las amenazas de “quitar a los hijos”, las campañas de desprestigio frente a ellos o la negación del derecho a convivir libremente con la madre. En todos los casos, el objetivo es el mismo: mantener el control y el poder sobre la mujer, aun cuando la relación de pareja ya terminó.
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¿Por qué se llama así?
El término “vicaria” proviene de la idea de “sustituir” a alguien. Aquí, los hijos o personas cercanas se convierten en ese sustituto: son utilizados como instrumento para lastimar emocionalmente a la mujer. Por ello, expertos y organismos internacionales coinciden en que la violencia vicaria es, en esencia, una forma de violencia de género.
Reconocimiento legal en México
En nuestro país, el tema ha empezado a entrar en la agenda pública y legal. Desde 2022, la Ley de Acceso de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia del Estado de México incluyó la violencia vicaria dentro de sus definiciones. Además, algunos congresos locales han comenzado a tipificarla en sus códigos penales. Por ejemplo, en el Estado de México puede sancionarse con hasta siete años de prisión, además de multas y tratamientos psicológicos.
Sin embargo, aún existe un reto importante: no en todos los estados se reconoce como delito autónomo. En muchos lugares, cuando una madre denuncia, se le responde que se trata de un tema “familiar” y no de violencia de género, lo que deja a las víctimas en una situación de indefensión.
El impacto en la infancia
Uno de los aspectos más delicados de la violencia vicaria es que no solo afecta a las mujeres, sino también a los hijos e hijas. Ellos, además de ser utilizados como herramienta de control, sufren un daño directo en su desarrollo emocional, en su confianza y en su relación con ambos padres. De ahí que especialistas insistan en que un agresor nunca puede considerarse un “buen padre”, pues antepone su deseo de control a la salud emocional de los menores.
¿Qué se puede hacer?
El primer paso es visibilizar el problema. Muchas mujeres no saben que lo que viven tiene un nombre ni que ya existen leyes que buscan protegerlas. Por eso, hablar de violencia vicaria es fundamental para generar conciencia social y exigir mejores mecanismos de prevención y sanción.
También es clave la educación y la sensibilización. Reconocer que este tipo de violencia existe ayuda a detectarla a tiempo, ya sea en un aula, en un juzgado o dentro de la misma familia.
Finalmente, es necesario que los sistemas de justicia actúen con perspectiva de género. Esto significa que jueces, ministerios públicos y autoridades comprendan la gravedad de esta violencia y otorguen medidas de protección efectivas, tanto a las mujeres como a los hijos e hijas.
Un tema que nos concierne a todos
La violencia vicaria no es un asunto privado ni aislado: afecta a familias completas y refleja una desigualdad de género que sigue vigente en nuestra sociedad. Reconocerla, nombrarla y sancionarla es un paso hacia una convivencia más justa y hacia la protección de lo más valioso: la infancia y el derecho de las mujeres a vivir libres de violencia.











